Este 25 de noviembre se cumplieron 58 años de lo que pasó a ser un símbolo del horror en Colombia: el envenenamiento masivo ocurrido en Chiquinquirá, Boyacá en 1967. Una jornada que, tras un desayuno escolar, arrebató decenas de vidas inocentes y dejó heridas profundas en toda una comunidad.
Ese sábado, decenas de niños compraron pan en la panadería Nutibara como parte del desayuno antes de entrar al colegio. Lo que nadie sabía era que la harina venía contaminada. Un camión que transportaba los bultos había mezclado harina con Folidol, un potente y tóxico plaguicida, cuando un frasco se rompió durante el trayecto.

Cerca al mediodía, los primeros síntomas comenzaron a esparcirse: desmayos, convulsiones, vómitos, dolores intensos. Testigos aseguran que los niños “corrían hacia la sala de profesores, llevaban las manos al estómago y gritaban: ‘Me duele, profe, me arde aquí’”, relata Infobae. Entonces el pánico se desató: decenas colapsaron en los pasillos, otros se desmayaron en el patio, y el pequeño hospital local quedó colapsado ante la avalancha de víctimas, improvisando camillas con tablas de madera.

Las cifras no coinciden con exactitud. Algunos reportes mencionan cerca de 63 muertos, otros arriban a 78, otros a casi 100 víctimas fatales, la mayoría niños, y cientos de intoxicados. Pero más allá de los números, la tragedia marcó una herida en la memoria colectiva de Chiquinquirá: registros históricos documentan además que muchos de los sobrevivientes quedaron con secuelas neurológicas, respiratorias y psicológicas. Según la Universidad de Boyacá Olga Lucía Balbuena relata que “Nervios que no los he podido superar; yo soy muy nerviosa. A esta edad sigo con ellos”.

entre los cadáveres, pero sobrevivió al Folidol.
Se dice que el conductor del camión, Eresmildo Vargas, y el dueño de la panadería, Aurelio Fajardo, fueron detenidos como parte de la investigación por lo sucedido, pero eventualmente fueron liberados, tras lo cual ambos abandonaron el pueblo y se establecieron en Bogotá.
Una de las voces que aún resuena es la de quienes vivieron aquel horror. En las crónicas se recuerda que luego de la tragedia “durante meses nadie quiso comer pan. Era como un símbolo maldito”. Como respuesta a la tragedia, el Ministerio de Agricultura estableció fuertes regulaciones para la comercialización del Folidol, restringiéndolo en todo el territorio colombiano en 1991.

Cada 25 de noviembre, Chiquinquirá, y buena parte de Colombia, vuelve la mirada a aquella mañana en que un desayuno se convirtió en una pesadilla inimaginable. Un llamado a no olvidar, a reconocer que el descuido, la negligencia o la indiferencia frente al control de insumos pueden costar vidas, y a renovar el compromiso con la vigilancia, la memoria y la dignidad de quienes fueron víctimas.







