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Cuando la cultura duele más que el ruido

Por: Mauricio Riveros – Misión Literatura

En pleno corazón de Zipaquirá, el concierto Anti San Valentín, organizado por Kalypzo en asocio con Zipa es más que sal y realizado en Colonial Art Gallery, convirtió la casona colonial en escenario de guitarras distorsionadas, voces guturales y cuerpos danzantes que reclamaban su lugar en la cultura local. Entre descargas de metal industrial y punk, el público no solo asistió a un recital. Fue testigo de una protesta sonora contra el prejuicio, donde las bandas zipaquireñas transformaron la noche en un manifiesto de inconformidad y sincretismo cultural.

Foto: Colonial ART // Alexander Buitrago

El sol en despedida dejaba sus últimos rayos sobre los adoquines de la plaza, reflejando tonos ocres en los balcones coloniales. El cielo, azul intenso, anunciaba una noche fría de sabana. Entonces, un bramido de guitarra rompió el silencio y encendió el rito del rock. Desde el patio de la casona, la batería en semicorcheas frenéticas y una voz profunda en alemán sacudieron cabezas y cuellos al compás del un-dos-tres-cuatro.

La antigua casa se llenó con la fuerza del metal industrial, el punk y otros ritmos que se desbordaron hacia el parque principal. Mientras algunos transeúntes se asomaban con curiosidad, otros apuraban el paso en señal de disgusto.

Bandas y ambiente

Por la tarima desfilaron agrupaciones locales: Verlorenen Seelen, The Bad-stars, Cygnus y los emblemáticos Falsos positivos. El lugar pronto se colmó de rostros asombrados, alegres, atentos y emocionados.

Foto: Colonial ART // Alexander Buitrago

Fue entonces cuando subí a la tarima no a cantar, sino a leer un texto inspirado en el Manifiesto de un punk tercermundista de Giovanni Oquendo (1969–2005), referente del punk colombiano. Me temblaban las manos, no de nervios sino de entusiasmo. Al poco tiempo, las copias del texto desaparecieron entre el público como pequeños tesoros literarios. Esa fue mi mayor alegría de la noche: comprobar que, además del pogo, había personas que habían venido también a escuchar literatura en la voz de este “joven de cincuenta y nueve años”.

Frente a mí, rostros pintados de blanco, cabelleras largas, atuendos negros con motivos fascinantes cubrían cuerpos danzantes alentados por riffs, blast beats y rugidos metálicos que parecían atravesar la piel.

Foto: Colonial ART // Alexander Buitrago

Testimonio

Tras su presentación, Logan, vocalista de Verlorenen Seelen, aceptó conversar conmigo aún exhausto, el rostro cubierto de blanco y la voz cargada de emoción. Pronto me contó que domina cuatro idiomas. A sus pocos años, su madurez e intelectualidad sorprenden: lee a Camus —La peste—, se adentra en Bukowski y discute con soltura sobre filosofía, economía y música.

—Más que punk, lo nuestro es metal industrial —aclaró con precisión—. Toda la banda es de Zipa. Este género suele ser discriminado porque se asocia con satanismo, pero lo que hacemos es protesta social. Además de nosotros, hay varias bandas que llevamos nuestra representación cultural, es una línea anti sistema.

Foto: Colonial ART // Alexander Buitrago

Le pregunté cómo conciliaba esa rebeldía con la vida cotidiana. Sonrió y respondió con calma:
—El artista no tiene que ser fiel a su obra; una cosa es la vida diaria y otra la vida en la tarima. Vengo de un círculo familiar conservador, y en cinco años me veo como músico, continuando esta expresión cultural. Lo acaba de ver: somos felices tocando para quienes quieran escucharnos.

Sobre la aceptación social del género fue categórico:
—Quitando el estigma. Hay que concientizar. Esta música no es de romper cosas ni quemar iglesias. No hacemos daño a los animales: todos en la banda tenemos mascotas. Después de un tiempo, esos comentarios pierden peso y seguimos tranquilos.

Ya avanzada la noche decidí retirarme, cansado pero satisfecho. En mi despedida encontré personas que me dijeron que habían ido también por la lectura, otros me saludaron con afecto, recordándome que, además del pogo y los guturales, nos une la literatura y el amor por los libros.

Mientras me alejaba, la distorsión seguía rompiendo la oscuridad conservadora y los gestos agrios de quienes desaprobaban una cultura nacida de la inconformidad. Inconformes con la inconformidad, conformes con la ignorancia que sostiene el prejuicio.

Me fui con la certeza de la fuerza arrolladora del sincretismo cultural: un canto de guitarras, batería y voces que, al rechazar los dogmas prefabricados del amor y la amistad, entonaban el canto del cisne de una civilización que se consume en sus contradicciones.