En el mundo de las emergencias, donde cada segundo cuenta, existe una tecnología que no se puede descargar en un USB ni se conecta a un puerto de datos: el olfato canino. Álvaro Martínez Arroyo, delegado nacional de la Real Sociedad Canina de España y enfermero de profesión, ha dedicado 30 años de su vida a demostrar que el binomio guía-perro es, muchas veces, la única esperanza entre los escombros o la inmensidad del monte.
Martínez Arroyo se encuentra en Colombia como parte de un Programa de Cooperación Técnica Internacional liderado por la Junta de Castilla y León. Su misión: profesionalizar las unidades caninas de rescate en el país, específicamente apoyando al Cuerpo de Bomberos de Zipaquirá y trabajando en instalaciones de la Fuerza Aeroespacial Colombiana.
Más que un “Perrihijo”: Un Profesional de Cuatro Patas
Con la franqueza de quien ha buscado cuerpos en atentados como el de la T4 en Barajas o en choques ferroviarios frontales, Martínez rompe con la tendencia actual de la “humanización” extrema.

“Cuando un perro se deshumaniza y termina convirtiéndose en un ‘perrihijo’, pierde el norte”, afirma con contundencia. Para el experto, el perro es un animal que necesita un líder y una estructura clara. No se trata de falta de cariño —el vínculo es inquebrantable— sino de respeto a su naturaleza. Solo desde ese equilibrio se logra que un animal esté dispuesto a entrar en estructuras colapsadas con humo, fuego y calor extenuante.
El entrenamiento de estos animales es una carrera de fondo. Según Martínez, un perro requiere cerca de 2.500 horas de trabajo para ser considerado operativo. El proceso es una mezcla de genética y psicología:
Selección: No todos los perros valen. Se busca una carga genética específica según la labor (caza, cobro, rastreo).
El Binomio: El perro pone la nariz; el humano pone la cabeza y el criterio técnico.
El “Engaño” Lúdico: Para el perro, buscar una persona desaparecida o una sustancia (drogas, explosivos, incluso marcadores de cáncer o diabetes) es un juego. Se asocia el olor objetivo con su juguete preferido. “Volvemos locos a los perros por su pelota”, explica Martínez.
Uno de los mensajes más potentes que el delegado español trae a las autoridades locales es puramente económico y humano: “Por cada euro que invertimos en prevención, ahorramos diez euros en la intervención tras una catástrofe”.
En lugares como Zipaquirá, donde el 90% del trabajo de estas unidades consiste en localizar a ancianos con enfermedades neurodegenerativas que se pierden en zonas rurales, contar con equipos locales listos es vital.
Martínez Arroyo destaca la labor de los bomberos de Zipaquirá, quienes roban tiempo a sus familias y recursos a sus bolsillos para mantener a estos animales. “El perro de rescate puede estar tres meses o dos años sin que ocurra una tragedia, pero el guía entrena cada semana y el animal tiene la ‘fea costumbre’ de comer y pasear a diario”, comenta con un toque de humor y admiración.
Al final del día, el mensaje es claro: la tecnología canina es invaluable, pero requiere el apoyo de la sociedad y los líderes políticos para que, cuando el desastre ocurra, ese binomio esté listo para encontrar a quien todos los demás han dejado de ver.







