El Varón Alexander Von Humbolt en su “Memoria Raciocinada de las Salinas de Zipaquirá”, escrita en 1801, habla del “páramo muisca”, (muysca). Pero ni él, ni Gonzalo Jiménez de Quesada, llegaron a pensar que, gracias a la sal de ese poblado, muy cerca, sería fundada Santa Fé de Bogotá, sede y capital de la Real Audiencia del Nuevo Reino de Granada, donde funcionaría el tribunal más alto de la Corona española en la región. Más tarde capital del Virreinato de la Nueva Granada, y hoy capital de la República de Colombia.
El 6 de abril de 1536, el Adelantado y Gobernador de Santa Marta, Pedro Fernández De Lugo, nombró “teniente General, al Licenciado de 36 años, Don Gonzalo Jiménez de Quesada”, y le encomendó dirigir una expedición para descubrir el nacimiento del Río Grande de la Magdalena, pues se creía era el camino al Mar del Sur, a Perú, y a un mítico tesoro que llamaban “el Dorado”.

El conquistador Jiménez de Quesada partió de Santa Marta con 850 soldados, en un viaje que terminó siendo una de las aventuras más dramáticas en la historia de la conquista del Nuevo Mundo.
Cuando “Don Gonzalo” llegó a ese páramo en 1536, se fascinó al ver cucaracheros, monjitas, copetones, petirrojos, chisgas, sirirís, tingüas, ardillas y conejos sabaneros. Faras, curíes, abejorros, mariposas de especies diferentes, mirlas, mochuelos, y peces como la trucha y el lebranche.

Gabriel García Márquiez vivió allí 407 años después, pero no supo de la importancia histórica que tuvo Zipaquirá, y que lo habría apasionado por ser un enamorado del pasado histórico de Colombia. La ciudad de la sal fue sede del gobierno en 1816, y con el producido de sus salinas financió la Campaña Libertadora de la Nueva Granada contra el dominio de los ejércitos españoles, y la creación de la Gran Colombia, en unión con Venezuela y Ecuador.
Jiménez de Quesada y “el río Grande de La Magdalena”
El “Río Grande de la Magdalena”, que encontró “Don Gonzalo”, aumentaba su caudal durante su recorrido por más de media Colombia, con muchos otros, con casi mil arroyos y quebradas. A este gran rio descubierto y bautizado así por Rodrigo de Bastidas, en honor a María Magdalena, los indígenas le llamaban “Guaca”, “Guacahayo”, “Arli” “Yuma” “Caricaña”, y Karacalí”.

Por este río navegaron y lo bordearon indígenas, virreyes, científicos, patriotas y realistas; todo tipo de personajes, pero muy pocos “lo vivieron y sufrieron” como Jiménez de Quesada, quien a pesar de su terrible aventura bordeándolo, dejó en cuyas pupilas los bellos ocasos, los amaneceres, o los atardeceres “con sol de los venados, incorporado”; los paisajes exóticos con árboles y flores irrepetibles; y también la inclemencia de algunos animales.

La expedición se dividió en dos contingentes: uno con 600 hombres, al mando de “Don Gonzalo”, que avanzaría por tierra, y el otro dirigido por Diego de Urbino, con 250 soldados, que navegaría por el río en cuatro embarcaciones.
Planearon que luego las expediciones se encontrarían en el sitio “Tora de las Barrancas Bermejas”. Quienes tomaron el Río, naufragaron; y Jiménez de Quesada y sus hombres se extraviaron, pero tras reorientarse llegaron a Tamalameque, fundada por Lorenzo Martín, el 29 de septiembre de 1544, siendo un pueblo indígena donde reinaba el Cacique la región Chimila Tamalaguataca.
En Tamalameque, “El Adelantado Don Gonzalo”, supo que el gobernador de Santa Marta Fernández de Lugo murió cuando le iba a enviar nuevas tropas para reemplazar las naves y los hombres que había perdido.

De Tamalameque, fueron hasta Sompallón, (hoy, El Banco). Y de allí a la Tora, por el río Opón. Don Gonzalo, como muchos de sus soldados sobrevivientes estaba enfermo, pero logró superar sus males.
“Víctimas de garrapatas, murciélagos y cocodrilos”

Don Gonzalo Jiménez de Quesada, teniente General del Adelantado de Santa Marta Don Pedro Fernández de Lugo, quien había partido con 800 soldados desde Santa Martha, llegó con solo 168 al altiplano (Valle de los Alcázares); los demás murieron. La tragedia española en esa expedición fue inmensa.
Don Juan de Castellanos, soldado de caballería que llegó a América con Jiménez de Quesada, terminó de escritor y sacerdote. Fue “testigo de primera mano” de esta odisea plagada de tragedias, las cuales narra en su libro “Elegías de Varones Ilustres de Indias” que, entre muchas cosas, dice:
“Ciénagas, pantanos y lagunas,
pasos inaccesibles y montañas,
cansados de las plagas del camino,
garrapatas, murciélagos, mosquitos,
voraces sierpes, cocodrilos, tigres,
hambres, calamidades y miserias
con otros infortunios que no pueden
bastantemente ser encarecidos”

Don Gonzalo había dejado el curso del río Grande de La Magdalena, internándose aguas arriba por el río Carare, hasta Torá, en Barrancas Bermejas, (hoy Barrancabermeja), cuando sorprendió a dos indios que venían en sentido opuesto. Estos al ver a los españoles, abandonaron despavoridos su canoa y nadaron hasta la orilla, perdiéndose entre la manigua. Al inspeccionar la embarcación, los conquistadores encontraron los famosos “panes de sal” (niguas), con los que restauraron sus energías.

Luego los volvieron a ver en depósitos que los indios tenían a orillas del río y fue cuando por boca del Indio Pericón, (quien hacía de guía e intérprete), Don Gonzalo y sus soldados supieron, que la sal provenía de una gran planicie ubicada a gran altura, a la derecha del Río de La Magdalena, y que los indios muiscas, (moscas), que habitaban el altiplano cundiboyacense, hacían trueque con la sal y con mantas, por oro, esmeraldas, algodón, alimentos y animales, entre otros, guacamayas y loros, (aso), que “usaban como intérpretes y mensajeros ante sus dioses, debido a que aprendían a hablar su idioma”.
Al saber de la supuesta riqueza de los muiscas de Chicaquicha, los españoles decidieron cambiar su rumbo. Según Fray Pedro de Aguado, “por un pan de sal de 2 o 3 libras, daban a los indios una `chaguala de oro”.
Luego de cambiar su ruta, Don Gonzalo y sus hombres se encaminaron a la Serranía del Opón, para luego enrutarse hacia “el reino de la sal”, en busca del oro y las esmeraldas producto del trueque indígena.
Las clases sociales entre los muiscas eran: sacerdotes o jeques, guechuas o nobles guerreros, pregoneros, artesanos, agricultores, comerciantes, y los poderosos mineros que explotaban las minas de sal y de esmeraldas. Para realizar las operaciones de trueque con sus “panes de sal” (oro blanco), los muiscas viajaban centenares de kilómetros con otras tribus, entre ellas las de los Panches, Pijaos, y Poínas.

Atraídos por la riqueza de las esmeraldas, el oro y la sal de sus minas, y penetrar a lo que bautizó, “Valle de los Alcázares”, (hoy Sabana de Bogotá) Jiménez de Quesada y sus tropas llegaron a Suesca, Nemocón, y Chicaquicha, (nombre indígena de Zipaquirá), que significaba “al pie del cerro del Zipa”, donde estos vivían, en el sitio” Pueblo Viejo”, ubicado sobre las salinas. Ante la posibilidad de ser atacados, buscaban la parte alta de las montañas.
“A tomar la canoa volvió presto
para ver lo que en ella se traía
y sacó todavía del rancheo
algo que respondió con su deseo,
por que llegada más a la barranca
y todas las valijas desplegadas,
hallaron grandes panes de sal blanca
y tres o cuatro mantas coloradas”
La hoy Sabana de Bogotá, fue llamada “Valle de los Alcázares”

A la llegada de los españoles en el territorio muisca existían 5 federaciones independientes, formadas por 25 tribus. Cada federación tenía su gobierno independiente, así como, una jurisdicción territorial sobre una serie de poblados que les pagaban tributo.

A medida que los conquistadores avanzaban hacia la gran planicie, disfrutaron un paisaje hermoso y una exuberante vegetación de mil verdes. Desde lo más alto de las montañas que dominaban el panorama de la hoy Sabana de Bogotá, (llamada por el intrépido conquistador, “Valle de los Alcázares”), admiraron el fantástico paisaje “regado” de campos cuyo paisaje alternaba con bellos y pintorescos caseríos muiscas y extensos y fértiles sembrados de maíz y papa.

El Adelantado Jiménez de Quezada y sus hombres descendieron a la gran Sabana; él y sus soldados bajaron de sus caballos y se hincaron de rodillas sobre la bella y fértil tierra, alabando y dando gracias a Dios. Don Gonzalo se dio la bendición varias veces, y según Don Juan de Castellanos, exclamó:
“Gracias os doy Señor de los imperios
pues pasamos por aguas y por fuego
para venir a tales refrigerios
donde vulgo bestial, cruel y ciego
oiga nuestros santísimos misterios
y donde desterrada la malicia
de vuestras Santa fe tenga noticia”
La posesión de la sal les permitía a los muiscas una gran ventaja comercial sobre las otras tribus. Sus minas constituían el tesoro del soberano muisca. La sal continuó siendo un medio de canje durante la Colonia; su importancia era tan grande que durante el reinado de Felipe III, el Virreinato asumió su control a través de cédula Real, en mayo de 1603, con lo cual creó el primer monopolio, el de las salinas, de las que despojó a los muiscas. De Castellanos narró así la llegada a Cipaquirá.
“Con esto se partieron en demanda
de Cipaquirá que goza de las fuentes
saladas, importante granjería
para los naturales de este pueblo
por acudir allí de todas partes
a comprarles la sal que hacen del agua,
en blancura y sabor aventajada
a cuantas en la Indias he yo visto.
La cual cuecen en vasos que de barro
aposta tienen hechos para esto,
que llaman ellos gachas, y no sirven
más que una sola vez, porque se quedan
pegadas a la sal, que (ya formado
el pan que pesa dos o tres arrobas,
o más o menos peso, según suele
ser la capacidad de la vasija)
.
“Ya por aquella parte descubrían
grandes y espaciosísimas planadas,
y en ellas grandiosas poblaciones;
soberbios y vistosos edificios,
Mayormentemente las cercas de señores
con tanta majestad autorizadas,
que parecía, viéndolas de lejos,
todas inexpugnables fortalezas,
y por este respecto nuestra gente
Valle de los Alcázares le puso”.
Ataque muisca en Tibitoc, a Jiménez De Quesada

Los conquistadores llegaron a Cipaquirá (con C), el 7 de marzo de 1537, los indios bacataes y los hunzanos, protagonizaban un capítulo más de la larga guerra indígena por el dominio del Imperio Muisca. Allí, en en Tibitoc, fueron atacados por los muiscas y se vieron forzados a avanzar hasta donde hoy están Cajicá y Chía. Acamparon aquí durante la Semana Santa de ese año y luego marcharon hasta Bacatá. Es claro que si Jiménez de Quesada no hubiera descubierto la sal que le hizo cambiar el rumbo de su viaje por el Rio Grande de La Magdalena, y si no lo hubieran combatido en Tibitoc, no existiría Bogotá, y el mapa de las ciudades colombianas sería distinto.

Don Juan de Castellanos, testigo fiel de la batalla, relata en su “Canto Tercero”, cómo aterrados por lo que veían armas mortales, (truenos que matan), en las goteras de Cipaquirá, en Tibitoc, los atacaron 500 o 600 indígenas, furiosos”:
Aquel primer espanto que recibe
de ver cosas extrañas quien no tuvo
costumbre de las ver, si continúa
la vista dellas, valo desechando;
y así los indios como conociesen
caballo y caballero ser dos cuerpos
distintos cada vez que se apeaban,
perdieron los temores., y decían
ser otra diferencia de venados,
y los que los mandaban hombres puros,
mortales y sujetos a miserias,
por ver alguno dellos macilentos,
y el fin acelerado de Juan Gordo,
que borró las sospechas que tenían
antes juzgándolos por inmortales.
Salieron, pues, los bárbaros lucidos
poco más de quinientos bien armados,
trayendo por delante ciertos muertos
enjutos y muy secos, empinados,
que debían de ser cuando vivían
hombres bien fortunados en batallas,
para poder vencer en virtud de ellos,
y viéndolos allí, tomar esfuerzo
imitando sus grandes valentías,
según lo que nos cuentas las historias
de nuestro valeroso Cid Ruy Díaz
que, muerto, lo llevaban a la guerra,
y por méritos desde caballero
les concedía Dios grandes victorias.

Y estos debían de pensar lo mismo,
pues que con los cadáveres infames
acometieron a la retaguardia
donde iban Juan de Céspedes y el Zorro,
Baltasar Maldonado y un Pinilla,
y otros buenos jinetes y peones
que, vista la beligera caterva
y el ímpetu primero que los puso
en gran necesidad de su defensa,
salieron con aquel brío que suelen
lebreles incitados a la presa,
o de propio furor estimulados;
y como fuesen llanos, apacibles
e ya bien reformados los caballos,
rompen el escuadrón tumultoso,
haciendo cada cual ancho camino
no menos con las lanzas presurosas
que con los duros pies de los rocines,
de tal manera que con su destreza
fue presto descompuesta la phalanga,
dejando señalada la carrera
con huellas de caídos y de muertos.
“Quedaron, pues, los muertos que traían
a vuelta de los muertos nuevamente,
y fuéronse los vivos retrayendo
hasta meterse dentro de un cercado
grande que se llamaba Buzongote,
yéndoles en alcance los caballos
que rodearon esta fortaleza;
pero por ver en un cercano cerro
infinidad de gente congregada,
tuvieron por seguro dar la vuelta
al campo, que marchaba con aviso,
y por el poco que tuvieron ellos
en divertirse tanto tras los indios,
después de se alojar el campo todo,
mandólos echar presos Don Gonzalo”.

Don Gonzalo Jiménez de Quesada, Sebastián de Belalcázar (fundador de Cali), y el alemán Nicolás de Federman y sus ejércitos, se encontraron y acordaron fundar la capitanía y luego la ciudad en el “Chorro de Quevedo”, de “Nuestra Señora de la Esperanza”. Un año después, en 1538, y cuando la fundación jurídica en la hoy Plaza de Bolívar, la cambiaron por Santa Fe de Bogotá, que no fue oficial durante la época colonial, pero que se impuso luego para distinguirla de otras ciudades con igual nombre. Por entonces Funza, se llamaba Bacatá, y era sede del pueblo indígena del altiplano.







