Del libro, “Historias humanas de perros y gatos”, de Gustavo Castro Caycedo. Editorial Sin Fronteras
María Dickin, nacida en Londres en 1870, amó a los animales desde cuando niña. Y era aún joven cuando siendo una famosa animalista, fundó el People’s Dispensary for Sick Animals (Dispensario popular para los animales enfermos), y creo una condecoración para honrar a los animales con méritos especiales durante la Segunda Guerra Mundial. Esta medalla equivale a la Cruz Victoria Británica, para seres humanos.

Con el tiempo, la medalla Dickin dejó de ser para asuntos de guerra y fue entregada a gatos, perros y otros animales “civiles” pero heroicos, o en mascotas astronautas, hasta ser concedida a un perro lazarillo de nombre Salty, por su heroico comportamiento durante la tragedia de las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York, en el sector sur de Manhattan, centro financiero del mundo, el 11 de septiembre de 2001.
Han pasado 23 años después del insuceso, en el que los medios de comunicación exaltaron a Salty, “un perro Labrador Retriver que demostró ser capaz de dar la vida por su amo”; porque había establecido con él lazos de amor más fuertes que su propia misión de ser guía.

Salty, que era como sus ojos, heroicamente, salvó la vida del Ingeniero colombiano invidente, Omar Eduardo Rivera, quien se encontraba en el piso 71 del ala Norte, de la Torre 2, cuando la muerte convertida en infame masacre se había instalado en dos aviones-misil, repletos de seres humanos. En ese horrendo acto de terror murieron la mayoría de los 300 compañeros de trabajo de Rivera, que trabajaban con él en el Departamento Tecnológico de Servicios de Información de la Autoridad de Puertos de Nueva York, (The Port Autority), propietaria de las Torres Gemelas.
Eduardo estaba en su oficina ubicada en el piso 71 de la Torre B
Ese martes, al lado del bogotano Omar Eduardo Rivera; estaba sentado Salty, cuando sonó una explosión y el perro, atento se levantó ante el estruendo. Omar le dijo a la prensa que “había oído gritar a alguien: ”¿Qué carajos hace este avión acá?” Luego el edificio se estremeció.
Cuando el segundo avión “suicida” impacto la torre, Salty se movía muy inquieto. Rivera contó: “Por la insistencia de mi perro era el momento de salir. Metí su cabeza en la manija de la guía, para que comenzara a guiarme, ahí fue cuando le dijo, ¡Salgamos de aquí! Entonces fue cuando iniciaron el escape del infierno. Estaban unos seis pisos abajo del lugar en el que impactó uno de los aviones que hizo colapsar a los emblemáticos edificios de acero. Salty, el perro salvador, comenzó a halar, orientar y conducir a su amo que no podía ver nada; debía bajar 71 eternos pisos por las escaleras, sin separarse de él.

Había una tremenda confusión, se oían gritos en varios idiomas, más que de las torres gemelas parecía que fuera “la torre de Babel”, que se invadía de un pesado humo que dificultaba la respiración, ayudado por el olor a gasolina; la gente empujaba y atropellaba, todos querían salir primero; el pánico reinaba.
La travesía duró más de una hora, fue angustiosa y llena de peligros por los escombros que caían de los pisos superiores. Salty, firme, responsable de la vida de su amo, sin miedo, avanzaba halándolo camino a la vida. Es que era eso, un compañero de vida. La evacuación era demasiado difícil por la confusión de quienes intentaban escapar.
Salty siguió a su lado descendiendo escalón por escalón
Salty, valiente, no ladró a pesar de la conmoción y el caos, mientras su amo le rogaba a Dios que lo dejara seguir vivo por sus hijas y su esposa, que lo salvara. Y Dios lo escuchó anticipado, pues le había puesto en su camino a a su perro, y juntos, lograron escapar ilesos de una muerte segura en el infierno en llamas en que se convirtieron las torres, luego de que los aviones “suicidas” impactaran contra los edificios, y justo antes del desplome definitivo del gigantesco complejo que se convirtió en objeto de la más terrible y cruel tragedia causada por terroristas en la historia el mundo.

Aquí cabe una reflexión: Si quienes tenían el privilegio de ver lo que estaba sucediendo anárquicamente, estaban desorientados, cómo no lo habría de estar un hombre ciego. Ahí estaba su perro lazarillo con él, conduciéndolo con seguridad. Salty siempre estuvo a su lado, y se supo después que en el piso 6,4 Omar Eduardo trató de soltar la correa del arnés a su perro, pero este, firme y valiente, no lo dejó, siguió a su lado descendiendo escalón por escalón.
El ingeniero Rivera, declaró a la prensa que Salty no ladró durante la emergencia, que denotaba mucha seguridad y que tal vez, “comprendía lo que estaba sucediendo tras el impacto del primer avión sobre una de las dos grandes edificaciones”.
Al salir de la torre el edificio número dos, en la parte sur los alaridos de las sirenas interpretaban el concierto del Apocalipsis, de la tragedia, pero Salty, seguía sereno, firme y leal al lado de su amo, pues su misión era salvarlo; lo impulsaba tirando de él, heroicamente, con amor y valentía; sin cobardía.
Había tirado orientado y avisado al Ingeniero Rivera durante 72 pisos, más de mil escalones, y varias cuadras, en medio de estremecedores gritos y alaridos de angustia de miedo, de terror; del ulular de sirenas de los carros de bomberos, de las ambulancias y las patrullas de policía, de los vehículos de búsqueda y rescate; de los horrorizados ciudadanos que parecían monstruos, tapados por la ceniza y el polvo revuelto con agua en medio del humo que todo hacía más tétrico; nada, ni el pánico que se apoderó toda la gente ese día del juicio final, nada de eso logró que Salty se desconcentrara de su heroica misión, ni que perdiera la calma.
Ese perro tal vez vino a este mundo para salvar a su amo

Cuando Salty, Omar Eduardo Rivera y la jefe de este, abandonaron el edificio en ruinas, corrieron unas cuadras que les parecieron mil, sin parar, angustiados, extenuados. Las sirenas, los gritos, el llanto y los alaridos histéricos de mucha gente los acompañaron en ese recorrido dantesco, vivido durante esas interminables cuadras. Y de pronto, un estremecedor impacto, ronco y prolongado, se hizo dueño de Manhattan, y una dantesca nube de color tragedia oscuro, con fuerza de huracán, que lo cubrió todo, les perdonó la vida. Las torres “indestructibles” del
World Trade Center se vinieron al suelo en miles de pedazos, pulverizadas, generando una gigantesca nube mezclada con miles y miles de partículas, polvo, humo y barro, por el contacto de los escombros con el agua lanzada por los bomberos de la vida.

Solo hasta cuando Rivera y su perro se lanzaron y entraron al vagón del metro, estuvieron seguros de que se habían escapado de las garras de la muerte: se habían salvado milagrosamente, gracias a Dios y al heroico perro Labrador Retriever, que tal vez vino a este mundo para salvar a su amo.
El metro los llevó hasta la estación Pelham y de ahí, raudos, alcanzaron la casa de Mont Vernon, donde incrédulas, los esperaban su esposa Sonia y sus hijas Elizeth, Andrea y Erika, que ese día tenían 21, 17 y 8 respectivamente. Un abrazo eterno y ríos de lágrimas emocionadas sellaron el regreso de un hombre valeroso y un perro héroe, a la vida.

Y entonces el Ingeniero recordó cuando llegó a Nueva York buscando una oportunidad que solo se materializó luego que aprendió el inglés; y todo cuanto había sufrido por esa maldita operación para la miopía que en 1985 le hizo perder vista, Y también, cómo vivió un día de 1993, cuando los terroristas cobardes, pusieron una bomba en el parqueadero subterráneos de las Torres Gemelas del Wold Center, empresa para la que él trabajaba. Omar Eduardo Ribera había sufrido mucho, pero gracias a Salty, seguía con vida, con un final feliz; pero dispuesto, si fuera necesario, a sacar más coraje para salir adelante por su esposa y sus hijas. Un tiempo después, Salty su fiel amigo, murió. Lo amaba tanto que pensó no tener nunca más un perro pues el duelo y el recuerdo de Salty la hacía mal a su alma. Y un tiempo después, paradójicamente, a raíz de la tragedia de las Torres Gemelas, nació el “turismo morboso del desastre”, de personas que viajan a Nueva York para visitar la zona y tomarse fotografías en el lugar que un mal día, los terroristas voladores convirtieron en un infierno la tierra, sacrificando más de 3.000 vidas humanas, inocentes; en tanto que el presidente George W. Bush, ponía en máxima alerta a las tropas de los estados Unidos en el mundo.







