Diana Cerna y Gloria Mejía, dos mujeres campesinas dedicadas a la recolección de café en el suroeste antioqueño, relataron el pasado 15 de diciembre en el podcast Conducta Delictiva cómo sus vidas cambiaron de manera irreversible tras ser atacadas por Carlos Andrés Rivera Ruiz, señalado feminicida conocido como el “Monstruo de Tabio”. Ambas sobrevivieron a agresiones físicas y sexuales perpetradas por el hombre y hoy denuncian que sus casos permanecen en la impunidad, luego de que la Fiscalía General de la Nación los archivara. Una vez más, exigen justicia para ellas y para al menos ocho mujeres que han denunciado hechos similares.
Diana, quien trabajó la mayor parte de su vida en los cafetales, recuerda con claridad cómo era su cotidianidad antes de la agresión. Vivía tranquila en el municipio de Salgar, un lugar que describe como “acogedor, con gente muy amable, muy lindo en todo el sentido de la palabra”. Según su testimonio, hechos como los que ella y Gloria padecieron no eran comunes en la zona.

Para diciembre de 2020, un mes después de la agresión, la familia de Diana añoraba iniciar con las tradiciones propias de esa época del año, “la casa era muy linda y la íbamos adornar” recuerda. Solía ir en las tardes, luego de su jornada laboral, a un grupo de danza aeróbica, acordarse de cómo era su vida antes, si bien la relata con una sonrisa, también la recuerda con nostalgia al saber que su vida jamás volverá a ser igual.
“Interiormente cambia uno totalmente por muchas cosas. Uno tiene que buscar ayuda, pero al interior de uno mismo, porque sino usted no es capaz” relata Gloria. Nacida en el corregimiento del Concilio, también en el municipio de Salgar, Gloria desde los cinco años trabajó en los cafetales, como la mayoría de personas de este municipio. Fue su única salida, luego de que salió de su casa a los 15 años, presuntamente por abusos de un “forastero” que llegó a su casa. “Allá todo es de mucha amistad, se la pasan es de fiesta en fiesta y divirtiéndose con la platica del café”, cuenta Diana sobre la idiosincrasia del salgareño y de quienes llegan a los cafetales en temporada.

Hay un modus operandi que el feminicida aplicaba: conocía a sus víctimas, conocía sus lugares de trabajo y conocía muy bien el lugar. Los cafetales eran un lugar “propicio” para sus abusos, al ser cosechados en montaña, sus víctimas tenían que recorrer largos recorridos para llegar a sus lugares de trabajo, o realizar recorridos pocos transitados. Recorrido que Rivera se encargaba de conocer muy bien. No era un “monstruo”, no estaba loco, era meticuloso, planeaba sus delitos. Sabía a la perfección qué estaba haciendo.

Diana y Gloria coinciden en que, años atrás, ya circulaban rumores sobre al menos tres mujeres halladas muertas en circunstancias similares, con signos de violencia física y sexual. Nada ocurrió en esos casos. El miedo comenzó a apoderarse de las mujeres de Salgar y se transformó en pánico cuando Gloria conoció el caso de Diana, quien en noviembre de 2020 fue violada y arrojada a un río para morir junto a otra mujer, también víctima del agresor. Esta última falleció a causa de las heridas.
Gloria no tenía otra opción, tenía que salir a trabajar porque ese era su único sustento. “A nuestros hijos les va a dar hambre, a nosotros también, y tenemos necesidades”, cuenta. Era tiempo de cosecha y a pesar de que tenía mucho miedo, le daba tranquilidad saber que la dinámica propia de la cosecha hacía que llegara más gente. Empezaron a hacer redes con sus amigas, “la una esperaba a la otra. No salíamos solas”. Igual que Diana, Gloria solía hacer ejercicio después de su jornada laboral, tras una complicación grave en su último embarazo que la obligó a realizar actividad física constante.
“No queríamos salir de la casa, ni siquiera acompañadas”, describe Gloria al recordar ese periodo. Ninguna de las medidas que adoptó funcionó: ni las redes de apoyo, ni salir más temprano, ni siquiera considerar ir armada. La planificación de Rivera era meticulosa, casi quirúrgica. “Voy a ir sola a hacer ejercicio. Ya hay paz y tranquilidad —pensé— y me confié”. Ese domingo marcó un antes y un después en su vida. Gloria se encontró cara a cara con el agresor, quien intentó asesinarla. Logró escapar cuando él tropezó y cayó al suelo. “Esa fue mi oportunidad. Salí corriendo, llegué a un corregimiento sin respiración, me encontré con una desconocida y le dije: ‘ese es el violador’. Ahí me desmayé”, relata.

No fueron las únicas. El caso más reciente se presentó en Tabio, Cundinamarca, con una mujer de 58 años, quien fue asesinada a orillas de la vereda Río Frío, el pasado 19 de mayo de 2024. En Cundinamarca, también se conoce el caso de otra mujer en Fusagasugá, ocurrido el 28 de agosto de 2023. Según la Fiscalía General de la Nación, Rivera Ruiz estaría implicado en por lo menos ocho feminicidios ocurridos en Cundinamarca, Medellín y varios municipios de Antioquia, entre 2019 y 2024.

A pesar de ello, las denuncias de Diana y Gloria continúan archivadas. “Como Fiscalía y como justicia no le han hecho justicia a las demás familias y mucho menos a nosotras. Me dijeron que el caso estaba en Medellín; fui hasta allá y me dijeron que estaba archivado”, cuenta Diana. En el caso de Gloria, pese a contar con pruebas, un retrato hablado y el nombre del presunto agresor, cuando aún no era identificado públicamente, Rivera solo ha sido condenado por uno de los hechos.
Aunque la Fiscalía General de la Nación lo había imputado en 2024 por tres casos, Rivera solo estaría condenado por uno, así se puede confirmar a través de la consulta de procesos de la Rama Judicial. “Me da mucha tristeza la justicia de este país. Como le dije yo una vez al detective, claro, como yo no tengo plata. Nuestro caso es como un cero a la izquierda, como si no existieramos”, dijo Diana, en el podcast Conducta Delictiva.

Hoy, Diana y Gloria no solo sobreviven a la violencia que marcó sus cuerpos y sus vidas, sino también a una justicia que, hasta ahora, les ha dado la espalda. Su exigencia es clara: que sus casos sean reabiertos, que sus voces sean escuchadas y que el Estado asuma su responsabilidad frente a un patrón de violencia que pudo detenerse a tiempo. Mientras eso no ocurra, la impunidad seguirá siendo una herida abierta y un mensaje peligroso para las mujeres rurales que, como ellas, aún trabajan y caminan con miedo en los territorios donde la violencia feminicida sigue acechando.







