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De Chicaquicha a la Primera Maravilla: Zipaquirá festeja 426 años de herencia y libertad

Este 18 de julio no es un día cualquiera para los zipaquireños. Al cumplirse 426 años desde fundación colonial en el año 1600, la ciudad se detiene para mirar hacia sus raíces más profundas y recordar que su nombre es mucho más que una ubicación en el mapa: es un símbolo vivo de fe, trabajo y libertad que late desde las profundidades de la tierra hasta lo más alto de sus plazas históricas.

Antiguamente, este territorio recibía el nombre indígena de Chicaquicha o Chipaquicha, que significan “Pie del Zipa”, “Ciudad del Zipa”, “Nuestro cercado grande” o “Pie de nuestro padre”. Originalmente asentado en la parte alta del cerro, en lo que hoy se conoce como el barrio Julio Caro o Pueblo Viejo, el municipio pasó por transformaciones e incluso por debates sobre su propia escritura, pues en 1883 el historiador Luis Orjuela defendió el uso de la ‘Z’ basándose en documentos antiguos, a pesar de que billetes de la época, como los del Banco de Cipaquirá, llevaran con orgullo la letra ‘C’.

Sin importar la letra, su esencia indígena marcó el destino de una comunidad que se convirtió en el motor económico del imperio Muisca gracias al comercio de la sal, un mineral tan valioso que funcionaba como moneda de trueque para conseguir esmeraldas, mantas y pescados.

La historia de Zipaquirá comenzó a escribirse el 18 de julio de 1600 en el sitio de Pacanquen, cuando el Oidor Luis Henriquéz profirió el auto de poblamiento que integró a 618 tributarios de repartimientos como Suavita, Cogua, Pacho y Tibitó, dando vida al nuevo pueblo de Zipaquirá.

Con los años, la importancia de este punto estratégico creció hasta convertirlo en la capital de un corregimiento que abrazaba a otros 18 pueblos de la región. Pero la grandeza de Zipaquirá no solo se consolidó a través de las leyes o la economía; se grabó a fuego en la Plaza de los Comuneros, un escenario que estremece el alma patria al recordar que allí se reunieron cerca de 20 mil hombres liderados por Juan Francisco Berbeo en la primera revolución de América, transformando este suelo en el centro de libertad del nuevo mundo.

Foto: Entrada a catedral de sal, parque villaveces. Carreta con ganado // Zipaquirá Antigua y Colonial

Ese mismo espíritu místico y de fe se trasladó bajo tierra, en las entrañas de la montaña de roca salina donde los antiguos muiscas ya buscaban protección. Con el paso de los siglos y la apertura de grandes socavones como Guasa, Potosí y Fabricalta, la devoción de los mineros transformó su duro espacio de trabajo en un santuario. 

Los obreros empezaron a levantar pequeños altares y colocaron a la entrada del recinto de Potosí la imagen de Nuestra Señora del Rosario de Guasa, pidiendo misas en la oscuridad de la mina. Ese fervor popular conmovió a las instituciones y, bajo la gestión de Luis Ángel Arango en el Banco de la República, se puso en marcha el diseño de una impresionante iglesia subterránea de 8.000 metros cuadrados, ideada por José María González Concha y culminada por Alfredo Rodríguez Orgaz, la cual fue bendecida en 1954 y dio origen a lo que hoy, con orgullo nacional, se conoce como la Primera Maravilla de Colombia.

Al reflexionar sobre la herencia cultural que define el significado de habitar este territorio, Zipaquirá Turistica, rescata las palabras con las que el Reverendo Padre Roberto María Tisnés resumió el verdadero valor del nombre aborigen de la ciudad:

“CHICAQUICHA ‘Pié del suegro o del yerno’, sitio de permanencia del Zipa ‘CHIPAQUICHA’, ‘Pié de nuestro padre'”.

Chicaquicha también tuvo rostro de mujer

La grandeza de estos 426 años también se ha esculpido con el coraje de mujeres valientes que, aunque relegadas por los relatos oficiales, fueron pilares de nuestra libertad y cultura. Sus nombres hoy resurgen con fuerza desde la memoria colectiva. 

Foto: Zipaquirá 1974 específicamente en la calle 1ra con cra 7ma , parque villaveces. // Zipaquirá Antigua y Colonial

En la lucha independentista, María Josefa Lizarralde lideró la “insurrección mujeril” contra el dominio colonial, un ímpetu que le costó ser fusilada en 1816. A su lado, la maestra Bárbara Forero encendió la chispa revolucionaria con sus arengas a las mujeres en el cabildo de 1810, sufriendo luego el destierro. 

En la clandestinidad, Bibiana Talero arriesgó su vida como mensajera de las guerrillas de los hermanos Almeyda hasta su ejecución en 1817, el mismo año en que María Josefa Esguerra fue martirizada tras servir como espía clave e informante de Policarpa Salavarrieta. 

Más adelante, en el siglo XIX, Mercedes Nariño de Ibáñez, hija del prócer Antonio Nariño, transformó el territorio desde las aulas, impulsando la educación y el desarrollo cultural local. Hoy, al caminar por las calles de la Ciudad de la Sal, estos legados nos recuerdan que la identidad de nuestra tierra también se construyó con determinación femenina.