Entre los callejones de la memoria de Fernando Ariza habita un rompecabezas fragmentado que tardó más de cuatro décadas en empezar a armarse. Su historia comenzó en Zipaquirá, el municipio cundinamarqués donde nació hace algo más de cuarenta años, aunque la fecha exacta de su llegada al mundo sigue siendo incierta. Ante la ausencia de un registro civil que certificara su nacimiento, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) le asignó de forma administrativa el 1 de enero de 1981 como la fecha formal para su documentación.
Los primeros años de Fernando estuvieron marcados por la fractura y la adversidad. Según relata la Fundación Raíces Colombia, su presunto padre lo entregó al cuidado de una mujer en Cajicá, lugar donde el Ariza enfrentó un entorno de maltratos. En un acto instintivo de supervivencia, siendo apenas un niño, Fernando escapó y buscó auxilio en el comando de policía del municipio.

Las autoridades lo remitieron de inmediato al ICBF, para luego ser llevado primero al Hogar Monseñor Frate y, posteriormente, el 27 de noviembre de 1987, a la fundación FANA para recibir acompañamiento emocional y preparar su paso hacia la adopción.
A pesar de este quiebre, Fernando conserva destellos nítidos que hoy se convierten en pistas para reconstruir su identidad. En su memoria vive el recuerdo de Bogotá previa a su institucionalización y la figura entrañable de su madre, Inés, a quien evoca como una mujer cariñosa que lo vestía con afecto antes de que le comunicaran su presunto fallecimiento.
De igual forma, mantiene presentes el nombre de su padre, José, el apellido Díaz, que sospecha está ligado a su linaje biológico, y el recuerdo de un hermano menor llamado Geovany, de quien supo que fue entregado por su padre a otra familia. Un palpitar le sugiere, además, la posibilidad de tener más hermanos de los que no conserva memoria clara.

Hoy, la vida de Fernando es muy distinta a la de aquel niño que buscó refugio en una estación de policía. Es un hombre pleno, profundamente feliz, con un hogar sólido, una esposa extraordinaria y tres hijos que constituyen su mayor orgullo. Su deseo de encontrar la verdad no surge del reclamo ni del resentimiento, sino del anhelo de tender puentes y entregar el amor y agradecimiento que hoy colman su vida.
Quienes reconozcan esta historia o tengan información sobre la familia Díaz en Bogotá o Zipaquirá pueden comunicarse a la línea de WhatsApp de la iniciativa Raíces Colombia (3113000638), con la convicción de que, tal y como lo relata Raíces Colombia “la verdad, aunque duela, sana”.






