El 7 de agosto de 1819, en las afueras de Tunja, una contienda de tan solo dos horas de duración cambió para siempre el curso político del territorio neogranadino. En el puente de Boyacá, las tropas republicanas desarticularon a la Tercera División del ejército realista, logrando una victoria decisiva que culminó con la captura de los mandos enemigos, la huida del virrey Juan de Sámano y la liberación de Santafé.
Ningún parte oficial, por preciso que sea, puede contar del todo lo que ocurrió entre el Casanare y el puente sobre el río Teatinos aquel agosto de 1819. Hacen falta las voces de quienes estuvieron ahí: un cura de pueblo que llevó caballos y cobijas al Libertador, un coronel del ejército realista que anotó cada movimiento en su diario, un virrey que escribió a las nueve de la noche una carta cargada de pánico, y un teniente irlandés que, décadas después, todavía recordaba el frío del páramo. De esas voces, cruzadas y a veces contradictorias entre sí, está hecha esta historia.

El páramo antes que el campo de batalla
Para entender lo que sucedió el 7 de agosto en el puente de Boyacá hay que retroceder a los primeros días de julio, cuando el Ejército Libertador exhausto, descalzo y enfermo tras cruzar la cordillera desde los Llanos de Casanare, empezó a descender hacia la provincia de Tunja. El presbítero Andrés María Gallo y Velasco, entonces cura excusador de Ramiriquí, dejó uno de los testimonios más vívidos de esos días, dictado años más tarde a un discípulo.
Gallo recordaba que todo comenzó con un sobresalto nocturno en la hacienda de su familia, en Toca: los perros ladraban, todos temían una comisión militar española, y una mensajera —Rosario Zambrano, enviada por un vecino de Tibasosa— llegó con la noticia que cambiaría el rumbo de la familia. Según el propio Gallo, la mujer explicó su encargo con estas palabras:
“Lo que sí le mandó decir a Su Merced es que el general Bolívar salió antier a Socha y Tasco, con un ejército muy grande; pero vienen tan necesitados, desnudos y enfermos, y todos a pie, que si los patriotas no los ayudan, quién sabe lo que sucederá.“
La respuesta de la casa fue inmediata. La madre de Gallo, “que se entusiasmó con la noticia”, decidió enviar a dos de sus hijos a alistarse en el Ejército patriota junto con los mozos de la casa, y ofreció su propio caballo para el Libertador, diciendo:
“Mi caballo es el primero que se va, porque lo regalaré al Libertador.“
Ese gesto —repetido, según el relato, en decenas de casas de la provincia— habla de algo que los boletines militares no registran: la logística improvisada de una guerra que se sostenía, en buena parte, gracias a la generosidad de la población civil. Cuando finalmente Gallo llegó ante Bolívar en los Aposentos de Tasco, este recibió el ofrecimiento con una reflexión que Armando Martínez Garnica en “La batalla de Boyacá en sus testimonios documentales” conservó casi palabra por palabra, sobre el papel de las mujeres en la causa patriota:

“Henchidas por dos sentimientos, al cual más noble y elevado, la caridad y el patriotismo, han vestido al desnudo, saciado al hambriento, aliviado al adolorido y fortalecido al falleciente […] Sin este milagro, los españoles, en el primer encuentro, nos habrían arreado como a un rebaño de corderos.“
El cruce y los combates de aproximación: Gámeza, Pantano de Vargas
El avance del Ejército Libertador desde el Casanare hacia la sabana no fue una marcha triunfal, sino una sucesión de choques agotadores contra un enemigo que conocía el terreno y esperaba atrincherado. El primero de esos enfrentamientos serios ocurrió en el puente de Gámeza, el 11 de julio, cuando Bolívar ordenó al batallón Vencedor, al mando del comandante París, tomar por asalto una posición española fuertemente defendida. Gallo, que auxiliaba a los heridos como capellán improvisado, describió el costo del ataque:
“Se lanzó a la bayoneta sobre el enemigo, soportando sucesivas descargas casi a quemarropa, que causaron la pérdida de veintisiete hombres —quince muertos y doce heridos—.”

El general irlandés Thomas Charles Wright, entonces teniente del batallón Rifles, coincide en su relato posterior sobre esos días de escaramuzas constantes en los Corrales de Bonza, frente a las posiciones españolas en Paipa: “de 8 a 10 bajas registrábanse diariamente por cada lado“, anotó, describiendo un desgaste cotidiano que no aparecía en ningún boletín oficial pero que fue minando a ambos ejércitos antes del choque decisivo.
Ese choque llegó el 25 de julio, en el Pantano de Vargas, cuando los dos ejércitos se encontraron de frente al cruzar el río hacia Paipa. Fue una batalla que estuvo a punto de perderse. Gallo, que corría entre los heridos de un bando y otro porque “en la lucha cuerpo a cuerpo quedaron todos revueltos”, relató así el vuelco final:
“Desde allí vi perdida la batalla a las cinco de la tarde y ganada luego a las seis, y sin la noche y un tremendo aguacero, el Ejército español habría quedado allí vencido.“

Ese vuelco tuvo nombre propio: la carga de la caballería llanera de Juan José Rondón sobre el flanco español, seguida por el escuadrón de Guías de Carvajal, que —en palabras de Gallo— “cargaba a la caballería española, la destrozó y volvió luego sobre la infantería“. Fue también el día en que el batallón Rifles Segundo se ganó, por su heroísmo, el nombre con el que pasaría a la historia: Batallón de Albión, en honor a los voluntarios británicos que, según Wright, recibieron todos —sin distinción de rangos— la Orden del Libertador.
El coronel James Rooke, mortalmente herido esa tarde, moriría poco después; Gallo, que lo auxilió esa misma noche entre la lluvia, recogió su último gesto: al serle amputado el brazo sin anestesia, “sin que el paciente hiciera ni un gesto ni una contracción”, el irlandés levantó el miembro cercenado y gritó, en castellano, “¡Viva la Patria!”.
Tras Vargas, ninguno de los dos ejércitos logró una ventaja decisiva. Hubo más semanas de vigilancia mutua, de fogatas encendidas como señuelo y contramarchas nocturnas, hasta que el 5 de agosto Bolívar entró por sorpresa en Tunja, dejando al mando español, el coronel José María Barreiro, con el problema de un enemigo que de pronto aparecía a su espalda.

Dos horas de fuego y la caída de la Tercera División
El choque armado enfrentó a la vanguardia española comandada por el general José María Barreiro y a la retaguardia bajo las órdenes del coronel Francisco Jiménez. En el bando patriota, la maniobra coordinada incluyó el ataque por el centro con la caballería del coronel Juan José Rondón, el despliegue de dos batallones a cargo del general José Antonio Anzoátegui y el avance por la izquierda del general Francisco de Paula Santander al mando del Batallón Cazadores.
Bajo la dirección del general Simón Bolívar, la acción concluyó a las cuatro de la tarde con un saldo de 66 bajas patriotas y la neutralización del 90 % de las fuerzas realistas. Al término de la jornada, según lo documentado por el Museo Nacional de Colombia, cerca de 1.600 soldados realistas fueron hechos prisioneros, incluyendo a la cúpula militar de la división.

Tal como quedó registrado en el Boletín del ejército libertador: “Fue prisionero el general Barreiro, comandante general del ejército de Nueva Granada, a quién tomó en el campo de batalla el soldado primero de Rifles, Pedro Martínez; fue prisionero su segundo, el coronel Jiménez, casi todos los comandantes y mayores de los cuerpos, multitud de subalternos y más de 1600 soldados; todo su armamento, municiones, artillería, caballería: apenas se han salvado cincuenta hombres”.
Moral de combate y apoyo popular frente a condiciones adversas
Según lo documentado por el Museo Nacional, a diferencia de las explicaciones históricas centradas en una desproporción de fuerzas, los dos ejércitos llegaron al campo de batalla en condiciones numéricas y materiales muy similares. El ejército del rey contaba con cerca de 2.700 hombres, mientras que las filas republicanas agrupaban a 2.800. Ambos bandos padecieron el rigor de la temporada de lluvias, la escasez de vestuario y provisiones, además del desgaste físico provocado por las largas marchas, que en el caso del ejército patriota incluyó el cruce del Páramo de Pisba.

La diferencia determinante radicó en la moral de la tropa y la relación con la población civil. Mientras Barreiro enfrentaba continuas deserciones y una baja motivación entre sus filas debido a la impopularidad de los actos de represión monárquica, los patriotas contaron con una red de apoyo popular compuesta por campesinos, familias, mujeres y sacerdotes que suministraron alimentos, ropa, caballos y atención a los heridos.
Sobre el compromiso del soldado republicano, Santander escribió: “Con una escasa ración y solo con eso, nuestros soldados, en cuyo corazón no había otro interés que el de destruir a los españoles, se manifestaban satisfechos, contentos con su suerte, firmes en su resolución, constantes en sus trabajos y superiores a todos los peligros y privaciones”. El colapso del régimen colonial en la capital contundencia de la derrota en Boyacá provocó la desintegración inmediata del poder colonial en Santafé, ubicada a 120 kilómetros del sitio del combate.

Tras recibir las noticias del enfrentamiento, el virrey Sámano y los altos funcionarios de la Corona abandonaron la ciudad de forma apresurada, dejando atrás un tesoro de medio millón de pesos. La magnitud del impacto quedó reflejada en la correspondencia enviada al rey Fernando VII por el gobernador de Cartagena, Gabriel de Torres: “Confieso a Vuestra Majestad que me sorprendió en extremo, pues aunque había previsto la ruina del Reino, jamás me había figurado que de una pequeña acción resultase la pérdida de la capital y cerca de trescientas leguas, pero ello ha sucedido”.
La toma de Santafé por parte del Ejército Libertador el 10 de agosto de 1819 generó una reacción en cadena en todo el territorio. En los meses posteriores, las guarniciones realistas sufrieron rebeliones en Ocaña y Pamplona, mientras que guerrillas republicanas ocuparon plazas estratégicas en El Socorro, Riohacha y Popayán, consumando el quiebre definitivo del control imperial español en el interior de la Nueva Granada.






