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Día de las madres en poemas: el retrato de una experiencia diversa 

Cada segundo domingo de mayo, Colombia y gran parte del mundo se sumergen en una atmósfera de nostalgia y afecto para celebrar el Día de las Madres. Aunque no existe un relato único sobre su origen, la historia nos remite a la Antigua Grecia, donde se rendía culto a Rea —madre de las deidades primordiales como Zeus y Hera— en ceremonias que celebraban la fertilidad y la renovación de la vida. Con el tiempo, esta tradición fue absorbida por el cristianismo, vinculándose a la devoción mariana y a hitos como las apariciones en Fátima.

Sin embargo, la esencia moderna de esta fecha le debe gran parte de su fuerza a figuras como Julia Ward Howe. Esta activista y abolicionista estadounidense no veía la maternidad como un concepto meramente doméstico o comercial, sino como una poderosa fuerza política en favor de la paz y la justicia. En 1870, motivada por el horror de la guerra, Howe hizo un llamado a las madres del mundo para unirse en un propósito común: sostener la vida por encima de la destrucción.

“¡Levántense, mujeres de hoy! ¡Levántense todas las que tienen corazones, ya sea su bautismo de agua o de lágrimas! Digan con firmeza: ‘’No permitiremos que grandes asuntos sean decididos por agencias irrelevantes” 

Hoy, alejándonos de las vitrinas y el consumo, queremos recuperar ese espíritu reflexivo. Este es un homenaje a las múltiples formas de maternar; un retrato en versos para aquellas que, con ternura y coraje, han sostenido el mundo.

En palabras de Gabriela Mistral: 

Foto: Antepasados de doña Gabriela Mistral

LA MADRE

Vino mi madre a verme; estuvo sentada aquí a mi lado, y, por primera vez en nuestra vida, fuimos dos hermanas que hablaron del tremendo trance.

Palpó con temblor mi vientre y descubrió delicadamente mi pecho. Y al contacto de sus manos me pareció que se entreabrían con suavidad de hojas mis entrañas y que a mi seno subía la honda láctea.

Enrojecida, llena de confusión, le hablé de mis dolores y del miedo de mi carne; caí sobre su pecho; ¡y volví a ser de nuevo una niña pequeña que sollozó en sus brazos del terror de la vida!

CUÉNTAME, MADRE

Madre, cuéntame todo lo que sabes por tus viejos dolores. Cuéntame cómo nace y cómo viene su cuerpecillo, entrabado con mis vísceras.

Dime si buscará solo mi pecho o si se lo debe ofrecer, incitándolo.

Dame tu ciencia de amor, ahora, madre. Enséñame las nuevas caricias, delicadas, más delicadas que las del esposo.

¿Cómo limpiaré su cabecita, en los días sucesivos? ¿Y cómo lo haré para no dañarlo?

Enséñame, madre, la canción de cuna con que me meciste. Esa lo hará dormir mejor que otras canciones.

En palabras de Rosario Castellanos: una visión donde maternar no está romantizado.

Foto: Medio siglo sin Rosario Castellanos | Gaceta del Colegio de Ciencias y Humanidades

«Se habla de Gabriel» 

Como todos los huéspedes mi hijo me estorbaba

ocupando un lugar que era mi lugar,

existiendo a deshora,

haciéndome partir en dos cada bocado.

Fea, enferma, aburrida

lo sentía crecer a mis expensas,

robarle su color a mi sangre, añadir

un peso y un volumen clandestinos

a mi modo de estar sobre la tierra.

Su cuerpo me pidió nacer, cederle el paso;

darle un sitio en el mundo,

la provisión de tiempo necesaria a su historia.

Consentí. Y por la herida en que partió, por esa

hemorragia de su desprendimiento

se fue también lo último que tuve

de soledad, de yo mirando tras de un vidrio.

Quedé abierta, ofrecida

a las visitaciones, al viento, a la presencia.

A todas las que cuidan, a las que han perdido, a las que buscan y a las que sostienen desde el silencio o la palabra: que estos versos sirvan de espejo y de abrazo. Porque en la diversidad de sus experiencias, reside la verdadera columna que sostiene nuestro mundo.